martes, 6 de noviembre de 2007

La Ciudad de las Metáforas Vivas

Adoro imaginar. No tengo nada contra la realidad, pero a decir verdad, en ella no está lo que necesito para vivir el día a día. Está bien, admito que disfruto de una buena comida, pero ni aun eso me conforma tanto como imaginar.
Recuerdo ahora y a veces cierta idea que una vez expresé a alguien: "las cosas que uno imagina deben ser reales en algún lugar". Sí, un lugar a donde caigan todas esas metáforas y comparaciones que uno usa a diario con fines más o menos inútiles. Y debe ser así, porque una vez comenzada la obra, prendida la máquina de los colores y emociones, la película que corre ante y tras tus ojos no cesará hasta que algo suceda. Un ruido, hambre, un pensamiento molesto. Entonces me detengo y pienso en lo que vi. Créanme, es algo increíble. Tanto que si fuese lo suficientemente cursi probablemente suspiraría luego de cada imágen. Ese mundo del que les hablo ya estaba lleno de vida, desde hace mucho antes de que notara su existencia. Muchos no se aventuran a ir porque temen encontrar alguna pausa oscura de sus vidas, otros quizá temen hallar el tesoro que dejaron allí cuando niños, cuando vivían en la opulencia y no lo sabían. Y estoy seguro de que en ese mundo lo que más brilla más miedo provoca. Vernos reflejados en la Ciudad de las Metáforas no es tan sencillo como mirarse en un espejo. Probablemente sea similar a mirarse entre dos espejos, uno adelante y otro atrás, y verse repetido hasta el infinito en el ojo de la mente. Porque esta es la única manera de saber que somos eternos: el ojo nos dice que ya dejamos de aparecer como imagen, pero la mente le responde, "ingenuo, allí eres eterno".
La Ciudad de las Metáforas, ¿de qué estará hecha? Son los materiales más hermosos y temibles. Virtudes, miedos, deseos, sentimientos. Huracanes que guían el alma humana a través de las mil caras del bien y del mal, de lo que tiende a desaparecer y a crecer. Lugares que solo son retratables por las historias humanas, pero no éstas por sí solas, no. Debe haber un corazón humano del otro lado, dispuesto a vivir la calidez, la aprensión y el poder que emana de ella. Pues en la soledad, la Ciudad desaparece para siempre.
No intenten llegar a ella viendo una película. Tampoco lo intenten con los libros. Las imágenes allí son seguras. El verdadero placer solo se vive cuando el corazón se ha llenado la boca de emoción. Solo entonces las imágenes se activan, danzan o se retuercen. Solo entonces puede ser útil un libro o una película.
No todo lo que he dicho es cierto, pero todo lo que han imaginado es real en el lugar del que les hablo. Lleno de historias de sacrificio y vidas plenas. Pero eso es parte de otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

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